El día de la independencia de este verano, lo celebré emprendiendo un viaje de 1.504 millas desde West Chicago, Illinois, hasta El Paso, Texas. 22 horas de conducción, 3 horas de espera en un bordillo mientras un mecánico de Oklahoma City arreglaba una tubería rota en mi motor, 6 paradas en el arcén de la autopista para introducir aceite en el motor recién reparado y aún con fugas, 2 horas deambulando por los pasillos de Bucky's cuando el mismo motor se sobrecalentó, y después de 40 minutos de tormenta de granizo en el desierto, el resplandor de El Paso y las luces de Ciudad Juárez en el horizonte brillaban como un oasis ante mí. Cuando por fin llegué a Abara, mi nueva compañera de piso, Miriam, insistió en que volviéramos al coche. Me llevó hasta el mirador de El Paso. Recuerdo que a mi izquierda veía la interminable maraña de farolas y edificios, pero a mi derecha una oscuridad inexplicable. Como no tenía ni idea de la geografía de El Paso, le pregunté a Miriam por qué no había luces a mi derecha, y me eché a reír. Me quedé estupefacto al saber que el espacio oscuro era una montaña. Siempre había imaginado Texas como un lugar llano, extenso y árido, así que me sorprendió saber que mi nuevo hogar estaba rodeado de montañas. Esta sorpresa inicial fue sólo el principio de un mes de belleza inesperada y alegría imprevista.