Entonces, en medio de ese momento tan tenso, un joven salió del edificio con una guitarra gastada. Comenzó a cantar con alegría, primero al chef que había preparado la comida, luego a Rosi por su nombre, dándole las gracias a ella, dando gracias a Dios y bendiciendo a todos los que habían venido a servir. Poco a poco, la multitud se unió, aplaudiendo, con algunos niños bailando y cantando con él.
Fue un momento sagrado y emocionante. La alegría se impuso al dolor. A medida que cada persona se acercaba a recibir su comida, las oí expresar su más sincero agradecimiento a los voluntarios.
Aquella noche, sentí que la muerte no había vencido. Sentí que la alegría no se oponía al sufrimiento, sino que formaba parte de lo que nos da fuerzas para soportarlo.
Las personas con las que nos encontramos aquella noche no se hacían ilusiones de poder confiar en sus logros, talentos o posesiones. Sin embargo, la alegría se hizo presente: en las canciones, en la gratitud, en una comida compartida. La alegría se convirtió en un desafío sagrado contra la desesperación.
El Salmo 146 dice que “El Señor hace justicia a los oprimidos… da pan a los hambrientos… protege a los inmigrantes… ayuda a los huérfanos y a las viudas…” Incluso en los momentos más oscuros, Dios está presente.
Incluso a la sombra de la muerte puede surgir la belleza. La esperanza perdura.
“Rezo para que nuestras vidas estén impregnadas de una alegría que sea un acto de resistencia, y de una fe que reconozca la presencia de Dios, especialmente en los lugares más inesperados”. – Sami DiPasquale, director ejecutivo